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Archive for the ‘Relatos’ Category

Del libro “Cuentos y relatos de Popayan y el Cauca”
Por Rafael Tobar Gómez
Octubre 22 de 1998

Por las noches de fin de semana, la gente se reunía en la plaza de mercado a escuchar los conciertos que daba la banda de música y coros del padre Rafael, (Tío de mi madre, hermano de mi abuela materna, Carmen ) cura párroco del Tambo, que tenía una extraordinaria facilidad para la música, la que había estudiado seriamente en el Seminario Conciliar de Popayán. Algunos villancicos que todavía se cantan en navidad fueron escritos por él. Por motivos que no tengo aún bien definidos mis padres vivieron un tiempo en la casa cural.

Rafael Heraclio, que fue el primer hijo de mis padres murió de tosferina, a la edad de un año, enfermedad grave en aquellos tiempos y lugares que no tenían las facilidades hospitalarias de hoy, después nació Luis , y para reponer al primero nací yo. Cuatro años después y por quebrantos de salud trasladaron a nuestro tío padre a Popayán. Pocos años después nos trasladamos todos a ésta ciudad. Por una facultad dada por el arzobispo de Popayán a nuestro tío padre, en vista de su enfermedad cada día mas avanzada, pues sufría de cancer del páncreas, celebraba misa todos los días en su misma habitación, en la casa de la calle 6ta , diagonal del Doctor Ante. Recuerdo que todos los vecinos iban a oir misa a mi casa. Así, entre oraciones e incienso crecí, en olor de su santidad, el padre tío. Dejó nuestro querido tío una biblioteca muy bien surtida, de cuya miel libamos todos sus sobrinos, para darnos una cultura bien cimentada sobre las bases del cristianismo más puro y ante el ejemplo de nuestros padres y tíos.

No fue el único sacerdote en la familia. Por el lado de mi abuelo  tuvimos otro padre tío, el maestro del Ciencias Naturales, Guillermo Diomedes Gómez Guzmán, profesor durante muchos años en el Seminario Conciliar de Popayán, al que se le hizo un merecido homenaje hace poco, pues dejó una historia gráfica del Popayán de los años treinta y cuarenta de una importancia histórica sin precedentes. Algunas de sus fotografías se exhiben en la página de “Un viaje a Popayán”.

En la casa cural del Tambo Luis   comenzó a hacer sus primeras travesuras, una de ellas famosa por la atención local y casi nacional que obtuvo. Una ciudadana había visto a Luis parado en el dintel entre dos balcones del segundo piso de la casa cural.

La gente comienza a amontonarse alrededor del edificio al ver a un niño que alegremente y con una cara de inocencia sin igual mira a los transeúntes con el desparpajo de quien da un paseo por el prado. Al ver esto, varios vecinos improvisan un grupo de rescate, algo así como el germen de lo que después llegara a ser el Benemérito Cuerpo de Bomberos del Tambo. Traen una carpa de carro y se colocan estratégicamente bajo los dos balcones , esperando la inminente caída del gracioso niño que, sonriente, parecía decirles con la mano, Hola! Aquí estoy…!

Mientras tanto, adentro, el padre Rafael  avisado del acontecimiento, corre hacia el balcón, acompañado de su sobrina  Ruth, que envuelta en lágrimas de desesperación y angustia, le pide suplicante  haga algo, mientras otros tambeños de buena voluntad corren a avisarle a Don Saul , telegrafista del pueblo, del acontecimiento del cual era protagonista su propio hijo mayor. Unos minutos más tarde llegaba él, a reunirse con su esposa doña Ruth y con el tío padre, suplicándole al niño del balcón que no se moviera, y tratando de calmarlo, pues habían advertido que el niño se estaba poniendo nervioso al ver tanta gente mirándolo.

La situación era desesperante. Había que evitar que el niño se diera cuenta de la desesperación que todo el mundo estaba sintiendo, porque podría asustarse y precipitar su caída. El edificio era alto, pero al mismo tiempo era necesario llamarlo para que se acercara a uno de los balcones, muy despacio y sin que volteara el cuerpo ya que el dintel no tenía mas de nueve pulgadas de ancho.

El niño se había pasado a través de las rejas de hierro del balcón. No llegaba a los tres años de edad . Era un hermoso niño de grandes ojos negros, ágiles y expresivos, tan negros como el azabache. Al sonreir se le formaban graciosos huecos en las mejillas. Su pelo era tan negro como el carbón y su piel de un color acanelado, de complexión robusta y rebosante de vida y salud.

El alcalde y los cuatro policías del pueblo se encargaron de apaciguar a la gente y poco a poco comenzó a sentirse un silencio sepulcral, pero la espectativa crecía por momentos y cada movimiento que el niño hacía crispaba los nervios.

Sus agustiados padres le sonreían diciéndole frases amables tratando de ocultar su desesperación, llamándolo tiernamente, los segundos se hacían interminables, el niño no daba señas de querer ir hacia ellos.

El tío padre se había colocado en el balcón de al lado, por si Luisito quería ir hacia esa dirección; permanecía en silencio, pero sus labios susurraban una oración.

El, como sacerdote, sabía que la vida del niño estaba en manos de Dios, con devoción profunda imploraba que no permitiera que una segunda tragedia vistiera de luto el hogar de la feliz pareja, que él mismo uniera en santo matrimonio unos años antes. Su primer hijo murió de tosferina como dijimos, a la tierna edad de un año. Era Luisito el segundo hijo de aquel matrimonio, el primer nieto de su hermana, Carmen.

El niño súbitamente dió un paso hacia sus padres. Iba a dar el segundo paso cuando todos los espectadores vieron como se desprendía uno de los viejos ladrillos y caía pesadamente cobre el frío cemento de la acera, haciéndose pedazos. Luisito se detuvo un poco desconcertado colocando sus manitas hacia atrás como queriendo pegarse a la pared, mientras miraba cómo se estrellaba el ladrillo.

Don Saúl, se dió cuenta que ya no era posible que el niño caminara hacia ellos porque ese era el lado del ladrillo que se había desprendido y si lo hiciera Luis podría dar un paso en falso al querer alcanzar el próximo ladrillo, por lo que caería irremediablemente al vacío. El espacio que había entre cada ventana era de, más o menos, diez pies. El niño estaba casi en el centro entre las dos ventanas, un poco más cerca del balcón donde se hallaba el tío padre. Este trataba de llegar estirando los brazos hacia Luis , pero era inutil, el niño tendría que caminar unos 3 pies antes de que alguien pudiera alcanzarlo. Abajo los hombres en círculo sostenían la pesada carpa de carro observando fíjamente los movimientos del niño, moviéndose al unísono, esperando su caída al vacío.

Por un dintel tan angosto ningún adulto podría caminar hacia él. Además algunos de los ladrillos estaban casi desprendidos, no resistirían el peso de una persona mas grande.

La tensión aumentaba por momentos.

Don Saúl y doña Ruth, al otro lado, guardaban un silencio espectante cuando el padre tío comenzó a llamarlo, diciéndole muy tranquilo, con dulzura y paciencia franciscanas que avanzar a hacia él, despacio… bien despacio y que le diera la mano.

Algunas mujeres allá abajo, lloraban en silencio, conteniendo el aliento, sufriendo como madres el sufrimiento de esa madre que que allá en el balcón era el retrato vivo de la desesperación. Otras, simplemente rezaban angustiadas.

Los hombres, solícitos algunos, perplejos los demás, sin poder hacer nada observaban con ojos de frustración aquel drama que más parecía sacado de una novela de suspenso y no de la vida real. Los bomberos improvisados, entre los que se encontraban , el alcalde municipal, el jefe del partido conservador, el lider del partido liberal, también el famoso Paco, exjefe guerrillero, hoy integrado al partido de reconciliación nacional, Neftalí Cobo, el dueño de la carpa, Tatamorra, el peluquero del pueblo, Don Elías, el del estanco, El caratejo Senón, Don Tobías Rebolledo, Don Francisco Canales, las Polindara, Don Rafael Sandoval, el médico que lo había visto nacer, las gatas Solarte, familiares lejanas de nuestra abuela, los hermanos Gentil y Luis Bustamante, Don David Collazos y su hijo Ignacio León, Doña Enelia, la esposa de Don David, El Judio Hernán, el pastuso Joaquín, “aqui le traigo al sunsun porque voyme”, en fin todos allí reunidos, hasta el gordo Medardo y sus amiguitos, unidos con el solo fin de tratar de ayudar en tan desesperante situación. Mientras tanto el padre tío, el   hombre que dedicó su vida a la causa de Dios, al fin era escuchado por el Altísimo.

El niño comenzó a dar muestras de querer caminar hacia él. El padre no dejaba de hablarle y prometerle cuantas cosas se le venían a la cabeza, recordaba que le fascinaban las pelotas de hule, el padre le decía -Ven,  te voy a regalar mil pelotas de hule de todos los colores, grandes y pequeñas , como tú las quieras..!-

Al fin el niño comezó a moverse, de lado como se le había indicado y poco a poco, con sus menudos pasos se fue acercando a la ventana donde el padre se encontraba.

El padre estiraba el brazo como tratando de asir la vida. La distancia se fue haciendo más corta, hasta que al fin el niño estuvo al alcance de sus manos. Lo sujetó de unos de sus bracitos , el niño caminó unos cuantos pasos, cuando, súbitamente, se cayeron los otros ladrillos del dintel al paso del niño, este cayó al vacío, sus piesitos quedaron bamboleándose en el aire, pero ya el padre lo tenía bien sujeto por un brazo, Luisito le alcanzó su otra mano y así bien agarrado el padre lo subió por encima de la baranda, llevandolo hacia su pecho, en un abrazo de vida. Sus padres corrieron hacia él abrazándolo y besándolo repetidamente. El niño se había salvado. Luis como si se hubiera dado cuenta en ese momento de la importancia del drama cuyo protagonista había sido él mismo, comenzó a sollozar entre los brazos de su madre.

El pueblo abajo, no dejaba de dar gracias a Dios, unos gritaban de alegría , las mujeres lloraban de júbilo, algunos estaban ya repartiendo aguardiente entre la concurrencia . No se sabe de dónde salieron, como por encanto, los músicos de la banda del padre Rafael, la que tocaba en la plaza de mercado, la misma que dirigía el padre tío. Y hubo música y alegría y frases de confraternidad entre todos. Este suceso había unido a este pueblo normalmente lleno de rencillas y equívocos, en uno solo.

Don Saúl salió al balcón, con su hijo en brazos. Emocionado agradeció a la multitud la solicitud de todas estas gentes ante el drama que le había tocado vivir, a él y a su joven esposa doña Ruth. El niño también sonreía y con sus manitas saludaba a la multitud.

El alcalde declaró día festivo.

Han pasado muchos años desde entonces. Creo que todavía hoy se celebra, “El día del niño del balcón”. Día de la confraternidad tambeña, de un pueblo que demostró, que se puede estar unido ante el desastre y que las rencillas de vecinos o rencillas partidarias dejan de tener razón cuando se pone por encima el dolor y el sufrimiento del prójimo.

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