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Archive for the ‘Semblanzas’ Category

Andrés Alejandro Córdoba / EL LIBERAL
Roger Marino Burbano tiene retratada toda la historia contemporánea de la ciudad. Un archivo que hay que rescatar para que las nuevas generaciones lo conozcan y hagan uso de él.

Debían pasar tres días y recorrer más de 70 kilómetros a caballo desde Bolívar – Cauca hasta Popayán, para que Roger Marino Burbano pudiera revelar sus negativos y ver las maravillas que su cámara de cajón había registrado. Su pasión por la fotografía lo llevó a hacer este recorrido en varias ocasiones durante los años 30 en el sigo pasado.

A sus 92 años de edad ha tenido que abandonar el oficio que marcó más de 70 años de su vida. Sus nueve décadas y su débil estado de salud lo llevaron a cerrar el lente de sus cámaras. Ésas que en sus mejores años registraron los límites del Macizo colombiano o que en épocas gloriosas retrataron las figuras más importantes del país, como los presidentes Alberto Lleras Camargo, Lleras Restrepo, Misael Pastrana, Guillermo León Valencia o la única colombiana ganadora del título de Miss Universo, Luz Marina Zuluaga.

Ahora, sus ojos marchitos juguetean en medio de algunas fotos que le ponen en frente. “Está desenfocada”, la señala con su dedo. Conserva su ojo crítico y perfecto, tan buscado para hacer registros de importantes eventos sociales o para que calificara las fotos de los aficionados que surgían en los años 50 en la ciudad de Popayán.

La primera cámara que tuvo en sus manos se la regaló su padre. Traída de Bogotá, la cámara de cajón marcaría a sus 17 años su pasión por la fotografía. “Era el único medio que existía para comunicar lo que uno quería”, cuenta Roger, mientras sus ojos me analizan, así como lo hicieron antes de registrar varios escenarios del Macizo Colombiano, como Almaguer, San Sebastián, La Vegas y su propia tierra, Bolívar.

“El tomó fotografías desde siempre”, menciona su hija menor Aida Ximena, quien desde niña, junto a sus otros tres hermanos, fue perseguida por el lente de su padre a cada instante, todos los días. Cuando se levantaban, a cada paso que daban, posando o haciendo cualquier cosa que él les pidiera. Para Roger, todo momento era perfecto para retratar. Todo tenía una explicación: “así me ejercitaba hasta perfeccionarme”.

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Encontré entre viejos papeles este plegable de una exposición fotográfica organizada en conmemoración de la memoria de Monseñor Guillermo Diomedes Gómez Guzmán (1879-1946), a quien ya me he referido en otras entradas (65 aniversario de su fallecimiento; y Un tratado de geología). El plegable contiene una breve semblanza de Monseñor Gómez en su vida académica y eclesiástica.

De acuerdo con Óscar Tobar Gómez, monseñor Gómez dejó un legado de más de 3000 fotografías, con las cuales se nutrió de contenidos esta muestra fotográfica organizada en 1995, con el auspicio de la Lotería del Cauca. En su programa se aprecia que contó con la presencia del entonces Arzobispo de Popayán, Monseñor Alberto Giraldo Jaramillo; una conferencia, a manera de curaduría de la muestra de la colección fotográfica, pronunciada por el historiador Diego Castrillón Arboleda; finalmente, un reconocimiento y palabras de Óscar Tobar Gómez, como heredero del legado fotográfico y representante de la familia de Monseñor Gómez.

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Por: Andrés J. Vivas Segura
ajvivass@yahoo.com
22 de febrero de 2011

Fuente: El padre Gómez (1951), de José María Arboleda Llorente

Nació Guillermo Diomedes, el 25 de junio de 1879, en el seno de la familia conformada por don Vidal Gómez y doña Elisa Guzmán, representantes de las familias más antiguas de la población caucana de Almaguer. Fue bautizado dos días después en la iglesia de su pueblo natal, según la tradición de sus mayores, iniciándolo en el peregrinar por la doctrina católica, que más adelante le permitiría jugar un papel importante en la vida académica y eclesiástica de la región.

A lo largo de su vida el padre Gómez alcanzó a reunir gran cantidad de libros científicos y religiosos, manuscritos y demás objetos de valor histórico y regional en su estudio del Colegio Seminario, muchos de ellos vestigios del pasado indígena y las gestas de independencia en Bolívar y Popayán;  quizás por ello el capuchino Marcelino Castellví catalogó a Gómez como un antiguo recolector de supersticiones , un gran compilador de anécdotas e historias locales sobre el pasado lejano e inmediato del departamento del Cauca.

Gómez Guzmán era un personaje reconocido por su erudición en el suroccidente colombiano en temas científicos, históricos y eclesiásticos. En 1933 su amigo el doctor Enrique Hubach le había escrito para ofrecerle una colección de reliquias indígenas, antigüedades y curiosidades que había adquirido en sus múltiples viajes por Colombia, pues consideraba que en sus propias manos “están sufriendo las consecuencias de los trasteos y no tienen perspectivas de merecer un estudio antes del próximo período geológico”; Hubach le comunicó además que había conversado previamente con el entonces Ministro de Industrias, Francisco José Chaux –payanés- y habían determinado que el mejor lugar en que estos objetos podrían quedar es el pequeño museo que el padre Gómez había formado con tanto esmero científico en su amplio estudio del Seminario, donde podría aportar información sobre “la historia pre-española del Quindío y de la Sabana de Bogotá” . El doctor Hubach confiaba en los buenos servicios, diligencia e interés del padre Gómez con la disposición de los objetos que conformaban su colección.

Su amistad con Hubach databa de sólo un año antes, pues se habían conocido en 1932; Este geólogo chileno –de ascendencia alemana- autoproclamado popayanejo naturalizado, trabajaba en ese momento para el Ministerio de Industrias, dirigido por el Dr. Francisco José Chaux, y estaba recién llegado a Popayán: “Aquí los dos se trataron y admiraron mutuamente, a juzgar por la correspondencia escrita que mantuvieron después” . En alguna ocasión Hubach emitió su concepto de la obra de Gómez sobre las ciencias de la tierra, diciendo que “es de lo más importante porque viene a hacer de la geología un respaldo firme de la religión y de la conservación de la moral y la felicidad terrena”, y lamentó el hecho de que Gómez “no contó […] con una biblioteca suficiente que le permitiera allegar datos más completos”; por último añadió que sus cuadernos de geología “ha de servir de base en la composición de un texto para la enseñanza de eta asignatura en armonía con la religión”.

Con el reconocido geólogo intercambió una fluida correspondencia según Arboleda, pero no fue encontrado su archivo epistolar, y las únicas cartas consultadas son aquellas que se publicaron en su biografía, por ejemplo el envío de un fósil recolectado en el valle del río Patía por parte de Gómez a Hubach , que es identificado por este último como perteneciente a la familia Unionidae, por lo que sabemos entonces que se trata de un bivalvo, una ostra prehistórica que, según refiere el geólogo puede tratarse de una especie terciaria que vivía en aguas salobres a saladas, y que pasaría a formar parte de la Colección Geológica del Departamento de Minas y Petróleos del  Ministerio de Industrias de Colombia.

Dos días después del ofrecimiento de Hubach de donar su colección al padre Gómez, le escribía el propio Ministro Chaux, solicitando nuevamente que aceptara recibir la colección donada por Hubach al Colegio Seminario por conducto suyo, quien costearía el viaje de los objetos junto con un acompañante –empleado del Ministerio- que los cuide y entregue, pues estaban totalmente catalogados, e insistía: “Para mí personalmente me es muy grato tener ocasión de contribuir a que el Seminario continúe siendo uno de los primeros planteles que hacen la cultura de Colombia, y creo que esta colección arqueológica, será tenida allí con el especial cuidado que merece destinándole un local con el mueblaje que se requiere” .

El 28 de julio de 1933 fueron despachadas las once cajas enumeradas que contenían la colección, que además se habían recomendado con los trabajadores del ferrocarril para que llegaran bien a su destino, aunque el viaje no pudo haberse efectuado totalmente en tren porque la infraestructura ferroviaria era fragmentaria e incompleta en el territorio nacional. Seguramente el transporte incluyó algún tramo fluvial y en carretera, pero estos detalles no se mencionan en las cartas disponibles. Se quedaron sin empacar unas dos o tres ollas, el esqueleto de un niño precolombino, y algunos objetos pequeños; algunos días después Hubach emprendería algunas expediciones a Calaguala y Paletará, y luego el Putumayo y el Caquetá . Los objetos enviados por Hubach llegaron finalmente a su destino, donde el padre Gómez cuidó de ellos en su pequeño museo hasta su retiro definitivo del Seminario.

Hubach menciona incluso la posibilidad de gestionar que algún geólogo francés viajase a Popayán para que con el padre Gómez buscaran fósiles en el cañón del río Dagua, y le dice que lo hace porque “sobre todo deseo que un colombiano compruebe lo que otro colombiano ha descifrado como probable, sin más recursos que los que le concede la naturaleza de Colombia”; añade, en un arranque de sentimiento regionalista que hace valer su autoproclamación de popayanejo naturalizado, “Francamente, me parece más meritorio el resultado de los trabajos de Caldas y de Tulio Ospina, que en el fondo se han hecho por sí mismos, que el de otros naturalistas que han venido al país con todos los recursos de la civilización occidental” . Con ello Hubach aludía a la destreza técnica y disposición de trabajo y aprendizaje de los colombianos, pero al mismo tiempo reconocía que hay una carencia de profesionales formados en academias, lo cual explica –al menos en parte- el atraso en la infraestructura ferroviaria y vial del país hasta más allá de 1950, que traía como consecuencia la falta de articulación en términos sociales y económicos entre las regiones.

En 1936 -con el auge de tendencias modernizadoras en la pedagogía- el padre Gómez es retirado de sus cátedras en el bachillerato de la Universidad del Cauca, y en 1942 cesa sus clases en el Seminario, dado que esta institución se trasladó hacia su nueva sede, al norte de la ciudad, donde no pudo acompañarlos por sus dolencias de salud. En diciembre de 1944 Gómez presentó un derrame cerebral que lo dejó parcialmente paralizado, por lo que se le trasladó a una casa que el Seminario le había otorgado en usufructo vitalicio. Catorce meses más tarde Gómez fallecía el 3 de febrero de 1946 bajo el cuidado de sus hermanas, Edelmira y Elisa.

En la revista Albores , publicada por el Seminario Conciliar, ocupó primera página la noticia sobre el fallecimiento del padre Gómez, encabezado por la cita Sapientia aedificabitur domus et prudentia roborabitur (La sabiduría edifica la casa y la prudencia la robustece, ó, Gracias a la sabiduría se cosntruye una casa, merced a la experiencia se la consolida. Tomado de la Biblia, Proverbios 24: 3). En este documento se enaltece la memoria del padre Gómez, y se le hace un esbozo biográfico, mencionando su ascendencia hidalga, y su calidad de estudiante junto al entonces profesor del último lustro del siglo XIX, el padre Malezieux en el Seminario de Popayán. Se señala que hacia 1915, aparece el padre Gómez acompañando al Arzobispo Arboleda en visitas pastorales, actividad que no gustó mucho al padre, ya que “su carácter modesto más era para las silenciosas faenas de la ciencia en el laboratorio, más para escudriñar el movimiento de los astros que el de las multitudes”. En este artículo se afirma incluso que “El era nuestro Mutis, y en verdad que la fisonomía del P. Gómez tenía marcadas semejanzas con la del sabio gaditano”.

En un fragmento de periódico no identificado, se encuentra el artículo titulado El Padre Gómez , que se encuentra firmado por las iniciales P.C.R., y repite los datos principales publicados en los demás artículos sobre la trayectoria del padre Gómez como hombre de ciencia y como eclesiástico, y afirma: “consagración excepcional la del P. Gómez, en ambiente como el nuestro donde la investigación científica no constituye señuelo halagador; una fuerza interior animaba su esfuerzo en las complejas labores de estudio que emprendió”, y agrega: “Inútil ponderar el beneficio intelectual que significa la publicación de su obra; profesores y alumnos encontrarán allí conocimientos de gran valor para las diferentes ciencias comentadas”. Finalmente se menciona la orden de colocar un retrato suyo en la Universidad del Cauca y otro en el pueblo de Bolívar.

La información de este corto artículo fue extraída principalmente de la biografía del padre Gómez escrita por José María Arboleda Llorente en 1951, y forma parte de mi investigación sobre la educación en el Cauca a principios del siglo XX. Este es un pequeño homenaje al padre lazarista Guillermo Diomedes Gómez Guzmán, docente en las áreas de ciencias exactas y naturales en el Colegio Seminario de Popayán y en la Universidad del Cauca, quien es uno de los grandes desconocidos por las nuevas generaciones de payaneses y payanesas, representante de la intelectualidad católica en la primera mitad del siglo XX en el suroccidente colombiano.

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En homenaje a la educadora payanesa Filomena Segura de Ayerbe, primera mujer en dirigir la educación no solo en Colombia sino el Latinoamérica, hoy se instalará una placa conmemorativa en la Secretaría de Educación Departamental.

Como antesala a este reconocimiento habrá una eucaristía a las 5:00 p.m. en el nuevo auditorio de esta dependencia que llevará el nombre de la distinguida institutora y pedagoga.

Filomena Segura de Ayer­be, Laita, como le decían de cariño, según su nieta Lulu Ayerbe Chaux, era una mujer de grandes talentos intelectua­les, maestra del Gran Cauca, quien educó a varias generaciones del país.

“Una mujer instruida, todo un libro abierto. Recuerdo que a todos sus nietos nos contesta­ba cualquier pregunta, leía mucho y eso la hacía una mujer muy letrada”, agrega.

Y es que su precocidad mental se hizo manifiesta ­cua­n­­do a la edad reglamentaria escolar, sostuvo un examen de lectura en idioma francés con tanta fluidez, como la dada a conocer en el idioma materno.

A sus 14 años, inclinada por vocación a la carrera peda­gógica, ejerció el cargo de maestra de escuela, silenciosa labor que encontró siempre firme y optimista.

Filomena fue maestra en la ciudad de Pasto y en el  municipio de Barbacoas, departamento de Nariño, donde dirigió el Liceo Público; directora del colegio Nacional en el Puerto Ecuatoriano de Bahía de Caráquez; en Santiago de Chile, directora de la Escuela de La Concepción y en Santiago y San José de Costa Rica, regentó el Colegio Oficial. Fue también directora de algunos colegios privados en Chiriqui provincia de Panamá.

En Popayán colaboró con el Colegio para Señoritas, fundado y dirigido por Adelaida Castillo de Valencia, madre del poeta Guillermo Valencia, a quien instruyó en los primeros pasos de la escritura y lectura; por dos años  se desempeñó en el cargo de subdirectora de la Escuela Normal de Señoritas y luego directora por doce años más.

Su actividad se encaminó hacia la promoción de la educación pública y ante todo, en la formación de maestras que se encargó de llevar el saber a las regiones más apartadas del extenso Estado Soberano del Cauca.  

Estuvo casada con el también educador y diplomático José Gaspar Ayerbe, payanés educado en Bélgica, quien le transmitió sus vastos conocimiento, y falleció durante su periplo de exilo en las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX.

Filomena Segura de Ayerbe fue la primera mujer que en el país tuvo la responsabilidad de dirigir la instrucción pública, en una dependencia que podría equipararse a lo que hoy son las secretarias de educación de los departamentos.

Paralelo a estas actividades, escribió textos de historia y aritmética, los cuales complementaban su labor educadora.

Colaboró en la sección femenina del diario ‘El Mercurio’ de Chile, como también escribió y dejó algunos compendios tales como la ‘Historia de la pedagogía’, ‘El qué castellano’ y ‘Métodos de aritmética’.
 
¿Sabía usted que…
Filomena Segura de Ayerbe nació en Popayán el 22 de agosto de 1841 y falleció el 25 de marzo de 1935, hija de Guillermo Segura y Bernardina Caldas Grueso?

Fuente: El Liberal

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Por: Andrés José Vivas Segura

El pasado martes 1 de junio de  2010,  falleció en su residencia de Popayán, a la edad venerable y sabia de 93 años, el doctor José Vicente Vivas Castrillón, Mayor (r) de la Policía Nacional. Don José Vicente nació en Popayán el 5 de abril de 1917, estudió sus primeras letras en el Seminario Menor, regentado en aquella época por padres jesuitas, y terminó su educación básica en el bachillerato de la Universidad del Cauca. Huérfano de padre y madre a temprana edad, quedó al cuidado de sus tías Llorente Mosquera y del inolvidable papá Polo Castrillón, recibiendo además la benevolencia de Don  José María Arboleda Llorente y otros familiares que trataron de sacar adelante a este inquieto huérfano, quienes le procuraron sus necesidades básicas.

En virtud de su orfandad no fueron pocas las necesidades que debió enfrentar a lo largo de su vida, como ejemplo de abnegación y trabajo para las tres generaciones que le suceden en la actualidad, y que deploran su fallecimiento con el amor filial que él mismo les inculcó.

Navegando por los meandrosos ríos que desembocan al Pacífico, caminando por el implacable sol del valle del Patía, o trepando las cordilleras caucanas a lomo de caballo, el joven José Vicente conoció de primera mano el departamento, su geografía, economía y población; tanto que su tesis de grado, en el año de 1969, fue titulada “Breves anotaciones sobre el departamento del Cauca”, que presentó para optar al título de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas y Sociales, en la Universidad del Cauca. A continuación transcribo el párrafo inicial de la tesis de grado, para dar una idea de su estilo y propósitos académicos de entonces:

“Me he propuesto en este breve estudio sobre el Departamento del Cauca, presentar algunos ligeros aspectos, referentes a su realidad social y económica. Para ello los conceptos y opiniones que aparecen, son el fruto de mi experiencia personal y el conocimiento profundo que de algunas regiones tengo, no solo por haberlas recorrido, sino por haber vivido su amarga realidad. Por ello, quiero ser veraz, al mismo tiempo que sincero; poner el dedo en las llagas que nos aquejan y simultáneamente decir cuáles son los remedios para curarlas; algunas veces fustigaré los graves defectos del caucano y en otras elogiaré sus grandes virtudes humanas. Esta monografía es, en síntesis una pequeña radiografía. Como tal debe ser estudiada, medida y analizada por expertos.”

De ideología marcadamente conservadora, participó en la actividad política departamental al frente de las banderas de su partido, y vivió de cerca la violencia a lo largo y ancho del siglo XX. En 1945 el gobierno requirió el nombramiento de miembros de la fuerza pública para lo cual convocó un concurso ante el cual se presentó el joven Vivas Castrillón, quien se hizo merecedor del nombramiento como Mayor de la Policía Nacional, al igual que otros cuatro ciudadanos colombianos, de entre 700 participantes. Desde entonces comenzó su vida militar, que lo llevó a trabajar y conocer los departamentos de Nariño, La Guajira y Valle del Cauca.

El 9 de abril de 1948 le sorprendió en la comandancia de Policía del Ferrocarril del Pacífico, en la vecina ciudad de Cali, donde debió enfrentar la arremetida de las fuerzas gaitanistas vallecaucanas, demostrando sus cualidades humanas en defensa de esta institución, patrimonio y baluarte del suroccidente colombiano, en cuyas acciones fue acompañado valientemente por su amada esposa Isabel Gómez Muñoz, y su cuñada Sara Matilde, quienes se tuvieron que resguardar en las instalaciones del Comando de Policía de dicha ciudad, durante cuatro días en que –sin descanso- su esposo protegió la seguridad del pueblo caleño.

Desde joven y hasta su edad adulta comerció con el caucho en los tiempos de la bonanza, con sendos cultivos en el andén pacífico caucano, en sus tierras colindantes con el caudaloso rio Micay y el río Chuaré, la serranía del Sigui y la quebrada Agua Clara, sitio edénico que su padre Francisco Vivas Córdoba lo denominó “El Deleite”, donde conoció grandes culebras semejantes a troncos caídos, así como el temor que provocaba el paso de inmensas manadas de tatabros cerca del campamento, que obligaban a los viajantes a treparse a los árboles para huir de las embestidas de sus fieros colmillos. Sus hijos, nietos y bisnietos tuvieron el honor de disfrutar de sus historias sobre fieros animales y espantos azarosos que le salieron al paso a través de sus correrías, sobre los cuales conservó el más vivo recuerdo, como hombre de letras que siempre fue.

Gran trabajador, hombre probo, conoció como nadie la historia política, económica y social del departamento del Cauca y de la nación, desempeñándose en sus funciones como abogado al frente de importantes asuntos para el desarrollo de su pueblo, como fue el estudio jurídico de las minas y tierras del Naya, en el Pacífico caucano, prestando sus servicios a la Universidad del Cauca, a la que estuvo ligado desde antaño, especialmente por una fuerte afinidad intelectual hacia la academia. Su archivo personal atestigua una vida dedicada al servicio de sus coterráneos, así como su nutrida biblioteca, donde sus descendientes y amigos libaron de conocimientos sobre temas variados que abarcaron el derecho y teoría jurídica, literatura latinoamericana, enciclopedias como el clásico Tesoro de la Juventud, y gran multitud de obras locales sobre el Cauca y sus alrededores.

Otra de sus múltiples facetas, lo llevaron a un compromiso con  la juventud y es así como los Hermanos Maristas, que dirigen el colegio Champagnat, le ofrecen la cátedra de Historia y Cátedra Bolivariana con lujo de competencia dada su erudición,  y el Dr. Hartmann, Rector del Liceo Nacional, lo lleva a dirigir las cátedras sociales en el antiguo Liceo Nacional de Popayán.

Siempre atento y servicial, su don de gentes es reconocido por quienes le conocieron y tuvieron cerca como amigo o compañero de jornadas, con oportunos apuntes de picaresca payanesa y elegantes piropos para las damas. Gustaba de la música colombiana y disfrutó como nadie las extensas reuniones musicales en compañía de sus hijos, nuera y yernos, quienes entonaban cantares del Cauca y coplas remojadas en aguardiente.

Sus familiares que le sobreviven conservan en la memoria la imagen de un caballero a la antigua, pero con una mentalidad progresista sin par, de amor al trabajo y a los conocimientos prácticos, para hacer de ésta, su tierra, un mejor lugar para todos en la posteridad, bajo los más altos valores de la Cristiandad. El Directorio Conservador del Cauca y la Alcaldía Municipal se han manifestado elogiosamente sobre su persona, decretando tres días de luto en honor a su memoria, e izando la bandera a media asta. Seguramente su esposa Isabel, quien partió de este mundo hace 26 años, le ha recibido en la eternidad, con la confianza de haber desempeñado una importante labor, la cual será recordada en el porvenir por los caucanos, que con sincera emotividad le rinden un homenaje a su grandeza.

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